Ni forma ni memòria

La noció tradicional de la forma musical, el model conspicu de la qual és la forma sonata –i potser n’és, en última instància, l’únic model, perquè, de la resta, alguns en són subsidiaris, com les formes de lied o de rondó, i d’altres, com la fuga, tot i que passen per formes, constitueixen, més aviat, un mètode (però d’això en parlarem un altre dia)–, i que depèn completament de la memòria –no només en depèn, sinó que la forma existeix exclusivament en ella: és una producció, una elaboració que duu a terme la memòria–, és una barrera tant per al gaudi de la música com per a la seva comprensió –o sigui per a pensar-hi i parlar-ne. Potser el primer a adonar-se’n va ser Nietzsche, que concebia l’obra musical no com a objecte –el principal problema de la forma és que converteix l’obra músical en un tot autònom, i produeix per tant la separació de l’experiència auditiva en un objecte escoltat i un subjecte que escolta–, sinó com a força, com a corrent d’intensitat. He trobat una pàgina de Proust que ho corrobora. La copio:

Ahora bien, cuando el pianista hubo tocado, Swann se mostró aún más amable con él que con las demás personas allí presentes. Éste fue el motivo:

El año anterior, en una velada había escuchado una obra musical ejecutada con piano y violín. Al principio, había gozado tan sólo con la calidad material de los sonidos segregados por los instrumentos. Y había sido ya un gran placer, cuando, bajo la fina línea del violín –tenua, resistente, densa y rectora–, había visto de pronto intentar elevarse con un chapoteo líquido la masa de la parte de piano –multiforme, indivisa, plana y entrechocada– como la malva agitación de la olas seducidas y bemoladas por la luz de la luna. Pero, en determinado momento, hechizado de pronto y sin poder distinguir claramente un contorno, atribuir un nombre a lo que lo deleitaba, había intentado captar la frase o la armonia –no sabía bien– que pasaba y que –así como ciertos olores de rosas que impregnan el húmedo aire del anochecer tienen la propiedad de dilatarnos las ventanas de la nariz– le había esponjado el alma. Tal vez no por conocer aquella música fuera por lo que pudo experimentar una impresión tan confusa, una de esas impresiones que tal vez sean, sin embargo, las únicas puramente musicales, concentradas, enteramente originales, irreductibles a cualquier orden de impresiones. Una impresión de esa clase, durante un instante, es, por así decirlo, sine materia. Seguramente las notas que oímos entonces tienden ya, según su altura y su cantidad, a cubrir ante nuestros ojos superficies de dimensiones variadas, a trazar arabescos, a infundirnos sensaciones de amplitud, de ligereza, estabilidad, capricho. Pero las notas se desvanecen antes de que esas estén suficientemente formadas en nosotros para no quedar sumergidas por las que ya despiertan las siguientes o incluso simultáneas. Y, si la memoria, como un obrero que trabaja para asentar cimientos duraderos en medio de las olas, no nos permitiera –al fabricar para nosotros facsímiles de esas frases fugitivas– compararlas con las que las suceden y diferenciarlas… esa impresión seguiría envolviendo con su liquidez y su “difuminado” los motivos que por momentos surgen de ella, apenas discernibles, para hundirse al instante y desaparecer, conocidos sólo por el placer particular que brindan, imposible de describir, recordar, nombrar, inefables. Así, apenas había expirado la deliciosa sensación experimentada por Swann, su memoria le había ya proporcionado acto seguido una transcripción somera y provisional, pero en la que había puesto los ojos, mientras el fragmento continuaba, por lo que, cuando de pronto le había venido otra vez la misma impresión, ya había dejado de ser imperceptible. Se imaginaba su despliegue, sus agrupaciones simétricas, su grafía, su valor expresivo; tenía ante sí eso que ya no es música pura, sino dibujo, arquitectura, pensamiento, y que permite recordar la música. Aquella vez había distinguido claramente una frase que se elevaba unos instantes por encima de las ondas sonoras. Le había puesto al instante voluptuosidades particulares, de las que nunca había tenido idea antes de oírla y que ninguna otra podría –tenía la sensación– brindarle y había experimentado como un amor desconocido hacia ella.

Con ritmo lento, lo dirigía primero aquí, luego allá, después acullá, hacia una felicidad noble, ininteligible y precisa, y de repente –en el punto al que había llegado y desde el que se preparaba para seguirla, tras una pausa de un instante– cambió de dirección y con un movimiento nuevo –más rápido, menudo, melancólico, incesante y dulce– lo arrastraba consigo hacia perspectivas desconocidas. Y después desapareció. Swann deseó, apasionado, volver a verla una tercera vez y reapareció en efecto, pero sin hablarle con mayor claridad, infundiéndole incluso una fruición menos profunda. Pero, al volver a su casa, la necesitó, se sentía como un hombre en cuya vida una transeúnte a la que ha vislumbrado por un momento acaba de hacer entrar la imagen de una belleza nueva, que da a su propia sensibilidad un valor mayor, sin saber siquiera si podrá volver a ver jamás a la que ya ama y de quien ignora hasta el nombre. (Marcel Proust, Por la parte de Swann, traducción de Carlos Manzano, Barcelona, Lumen, pp. 227-228)

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