Ópera “reloaded”

(Versió en català. Publicado en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia del 16 de octubre de 2013. Descargar pdf).

Tal vez el problema de la ópera, y su encanto, reside en que es un lenguaje tan complejo que el espectador termina dejando de lado algunos de sus aspectos y prestando una atención preferente ya sea al hilo narrativo, a la profundidad poética de ciertos pasajes, a la seducción de las voces, a la inteligencia de su arquitectura formal o de su instrumentación. Tal vez haya que reconocer que una buena ópera nos supera (de un modo, curiosamente, como no parece hacerlo una buena película), que nos hechiza precisamente por lo que tiene de excesivo. Si algo hemos aprendido en un tiempo en que la interdisciplinariedad se ha vuelto obligatoria, es que el ambicioso proyecto de la Gesamtkunstwerk (obra de arte total) nunca llegó a buen puerto. Superado cierto grado de complejidad plurisensorial, la inteligencia del espectador claudica.

Sobre Dido & Aeneas Reloaded, proyecto de Òpera de Butxaca i Nova Creació que se presenta la semana próxima, se escribirán previsiblemente muchas cosas, pero en este artículo quisiera subrayar una particularmente: la extraordinaria habilidad con que se resiste a dejarnos claudicar. La labor colectiva de los responsables de este relectura de la ópera de Purcell se ha articulado de tal modo que es difícil apreciarla desde visiones y escuchas parciales y aisladas. Quien decida seguir el texto terminará perdiéndose en las sutilezas de los sonidos electrónicos, quien observe el trabajo teatral de las cantantes terminará escuchando las evoluciones del clarinete y el violonchelo, quien se concentre en los timbres y la armonía terminará regresando al texto, en un trayecto de ida y vuelta sin reposo.

En la primera parte, compuesta por Raquel García-Tomás, Eneas (el clarinetista Víctor de la Rosa) intenta seducir a Dido (la soprano María Hinojosa), a quien la cortesana Belinda (la mezzosoprano Anna Alàs) exhorta a escuchar al héroe troyano. Vemos pues tres personas que encarnan a tres personajes. Nada raro hasta aquí. Pero Eneas no habla ni canta, sino que toca el clarinete. El juego teatral de los cuerpos que se buscan y se rehúyen no viene acompañado por el diálogo de sus respectivas voces, sino por dos voces entrelazadas con una melodía sin palabras, entre reposada y voluptuosa. Pero una melodía, como dice Merleau-Ponty, crea su propio mundo, ocurre siempre en otro lugar. Eneas está presente y ausente a la vez. Los ojos ven tres cuerpos, el oído oye dos cuerpos y un espectro. Se ha cumplido entonces un desplazamiento de lo visual en virtud de lo auditivo.

La estructura de la segunda parte, compuesta por Octavi Rumbau, se basa en la del libreto de la ópera de Purcell. Este es usado pues como elemento formal, desprovisto de contenido semántico. En contraposición oímos la voz de una locutora de radio francesa contando un suicidio con trasfondo político, palabras que se imponen como una brutal descarga de contenido, en un contexto de sonoridades espectrales. En las voces, la pronunciación de los versos termina disgregándose en dos fórmulas repetitivas, “¡wayward sisters!” (¡traviesas hermanas!) y “¡appear!” (¡venid!), y en juegos vocálicos que parecen efusiones mecánicas, de nuevo desprovistas de sentido. Se cumple con ello un ir y venir de lo semántico a lo musical, un juego espectral de ambivalencias verbales en el que, como decía, quien decida seguir el hilo del texto terminará perdiéndose en las sutiles irisaciones del timbre musical, y a la inversa.

En la tercera parte, compuesta por Xavier Bonfill, la sección electrónica irrumpe como una proliferación de imágenes, en parte porque contiene giros propios de una banda sonora, en parte por su capacidad de evocación visual directa. Pero una imagen nunca es neutra; como dice Agamben, la imagen imaginada, como lo son éstas, es una afección, un pathos de la sensación y el pensamiento. Este es el punto de la ópera en que Eneas decide abandonar a Dido para cumplir con su deber como troyano: fundar un nuevo reino en Italia. Pero el héroe partirá a su pesar, como parece ser lo propio en el campo de la política: tomar decisiones sabiendo que son injustas, y justificarlas diciendo no hay más remedio. Aquí los desplazamientos de ida y vuelta entre la música y las palabras se cumplen por mediación de las imágenes, del pathos de las imágenes. Y en el momento de máxima tensión dramática, el rostro de Mariano Rajoy nos conforta: “no he cumplido con mis promesas electorales, pero al menos tengo la sensación de que he cumplido con mi deber”.

En la última parte, compuesta por Joan Magrané, hacen su aparición, en citas sucesivas de Debussy, Wagner, Monteverdi, las demás parejas trágicas de la historia de la ópera: Pelléas y Mélisande, Tristán e Isolda, Orfeo y Eurídice, etc. El exceso propio del formato operístico llega aquí al paroxismo, en un desplazamiento constante entre contextos históricos y estéticos distintos. Pero de nuevo la estrategia de Dido & Aeneas Reloaded consiste en abrazar la complejidad, en el discurso poliédrico más allá de lo que el espectador puede captar en 50 minutos de función. Al final, quien haya querido captar, en cada uno de los desplazamientos propuestos por la obra, los dos polos a la vez (sonido y sentido a la vez, luz y gesto a la vez, visión e imaginación a la vez) probablemente habrá tenido que claudicar: ¡esto es un galimatías! No olvidemos sin embargo que lo que hace viva a la creación contemporánea no es la búsqueda de nuevos lenguajes (ningún lenguaje nuevo puede sorprendernos), sino la revisión crítica de los hábitos de la mirada y de la escucha. El espectador que se haya atrevido a desplazarse, a alterarse en tanto que espectador, tal vez habrá llegado a visiones, lecturas, escuchas y pensamientos que no sospechaba.

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